Todos hemos experimentado en alguna ocasión –unos más veces que otros- un estado de confusión mental, casi generalizado, que nos arrastra como braceando en una marea que se propone engullirnos, aniquilarnos como sujetos con identidad. Etimológicamente procede del latín y si separamos el prefijo del lexema, obtendríamos algo así como con-fusión, es decir unión o
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Lastrados por una historia, siempre ambigua y subjetiva, disertamos sobre una identidad difusa a la que nos aferramos, por pavor a no ser nadie. Así se sostienen individuos –no sujetos- grupos –no comunidades- y naciones que se elevan ya en su grado de abstracción a tal punto, que devienen un ente espiritual.
Mientras un individuo no se sustantive como sujeto de sí mismo, será voluble y susceptible de manipulación con una elasticidad inaudita.