La confusión mental

Todos hemos experimentado en alguna ocasión –unos más veces que otros- un estado de confusión mental, casi generalizado, que nos arrastra como braceando en una marea que se propone engullirnos, aniquilarnos como sujetos con identidad. Etimológicamente procede del latín y si separamos  el prefijo del lexema, obtendríamos algo así como con-fusión, es decir unión o mezcla de una diversidad en la que todo queda reducido, licuado a una sola cosa. Así, la confusión es una perturbación, un aturdimiento o desorientación que convierte los contenidos mentales en difusos conceptos, que habiendo perdido esa cualidad de ordenar, nos impide diferenciar ideas, sentimientos o emociones porque todo ha sido desvinculado de su referente. En ese estado, el intento de pensar, de discernir o de distinguir está colapsado, como si un cúmulo de experiencias o estímulos externos nos hubieran “fundido” los plomos.

Si la confusión es un estado mental con una cierta permanencia, el individuo ve diluida su entidad, su subjectum, aquello que le permite tener conciencia del sí mismo, o de la propia identidad.

El contexto socio-cultural presente potencia esos estados de fusión, en los que el individuo por perentoria necesidad se busca en la identificación de colectivos que le proporcionen una cierta entidad. Entre los grupos-masa que la sociedad ofrece al individuo para reencontrarse siendo alguien, se encuentra el de consumidor. Esta posibilidad constituye una tergiversación tendenciosa que, de forma frívola, genera la creencia al individuo de ser sujeto, de saber cuál es su objetivo y el medio para alcanzarlo, como si su consecución fuese la respuesta salvífica de una confusión vital y existencial.

De aquí podemos concluir que la atomización social que aísla y confunde a los individuos es una estrategia para retroalimentar al sistema capitalista. Lo cual, no debe llevarnos a una exageración del influjo social que minimice los factores propios de los individuos que caen de bruces en tal entramado, ni a desatender que la desestructuración del núcleo de referencia, que hasta hace unos años había sido la familia, ha tenido un papel decisivo en esta confusión mental de la que se aprovecha gustoso el sistema económico.

Tampoco seríamos del todo rigurosos si no explicitáramos que hay grados de confusión substancialmente distinguibles, pero lo que sí comparten es que dejan al individuo a la intemperie, aumentando la probabilidad de verse atrapado en grupúsculos que facilitándole una supuesta identidad lo que consiguen es manipularles despojándoles de la posibilidad con el reencuentro de aquel sujeto que podían llegar a ser, y querer ser.

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