Reconocimiento de la alteridad

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El reconocimiento de sí mismo se produce en la limitación del no-yo, en la distinción de los que sustenta mi identidad y lo que la delimita. Ahora bien, sin duda estos límites mentales se establecen en una dialéctica entre el sí mismo y la alteridad que permiten identificar lo propio –identidad- y, lo que sin serlo aún parece apropiado, es decir el influjo que de lo otro recibimos y asumimos, haciendo del reconocimiento un acto de refundación, de creación propia.

Así, se puede afirmar que la alteridad no es una presencia a evitar –aunque tampoco podríamos- sino un otro-yo que busca su propio sí mismo y con el que se establece una relación dialéctica de intercambio de humanidad. Esto no significa, por descontado, que toda relación se desarrolle según esta dinámica, pero no es el objetivo de este escrito abordar esta cuestión.

Sin la alteridad, aquello que se es identificado como dinámico va disgregándose en un vacío existencial, huérfano de afectos que todo individuo necesita para mantener su estructura yoica básica.

Pero una vez realizado de manera continuada este reconocimiento de sí y del otro, de los que se deriva una actitud de honestidad con lo que es, de reconocimiento crítico y realista, el sujeto puede y está capacitado para mirar y reconocer el mundo.

Esta última fase depende obviamente de las dos que la preceden. Solo quien ha reconocido el sí mismo desde su verdadera mismidad y en diálogo con otros, que conjunta y permanentemente se han ido refundando, pueden ver con la crudeza que se requiere, en ocasiones, un mundo, que muchos prefieren no mirar. Emulando a infantes que al no mirar o ver el objeto lo creen inexistente.

El reconocimiento del mundo empieza por hacer un diagnóstico del estado de la cuestión que permita tener una idea general sobre la situación de los humanos. Como primera aproximación el resultado debe llevarnos a un análisis somero de las causas, ya que uno pormenorizado exigiría, dada la complejidad, de expertos. Ante las conclusiones que se pueden extraer de la situación del hombre en el mundo, no cabe argumentar –con mentalidad netamente occidental- ¿en que otro momento de la historia se ha vivido mejor? En ninguno, pues hemos progresado. El primer lugar la respuesta no es tan obvia ni es occidente, así que en otros lugares puede ser altamente diversa.

Fuera como fuese, no es un argumento que nunca se haya vivido tan mal en general, para que hoy los que viven mal, que son muchísimos, aunque sean menos, puedan morir de hambre aún. A esto habría que añadir guerras imposibles de entender, terrorismo que no sabemos realmente quien lo apoya ni por qué, crisis del Estado de Derecho, de la Política, y sin ser derrotista diría de la capacidad del humano de construir algo decente.

Ante esta decadencia de la credibilidad en la propia humanidad, han proliferado diversas tendencias que podríamos calificar de pensamiento positivo, que lanzando mensajes de “felicidad” como mantras, intentan aislar al individuo del mundo y que se construya su ego-isla, como fórmula segura de vida feliz. Llama la atención la cantidad de personas y los perfiles que se suman a estas ofertas. A algunas generaciones nos pueden recordar a las pegatinas que llevábamos enganchadas en las carpetas de adolescentes junto con consignas políticas de libertad.

La filosofía del reconocimiento alerta contra las estrategias escapistas del momento. No hacen felices, porque la felicidad no es eso que venden. En relación a en qué es eso de la felicidad, animo a leer filosofía. No encontrarán ninguna receta mágica, lo cual indica que es algo bastante más complejo que interiorizar una frase como si fuese un mantra.

Además la filosofía del reconocimiento desea extender la convicción de que la honestidad en la constatación de lo que soy –reconocimiento de sí mismo- y de los que son los demás y el mundo –reconocimiento de la alteridad- nos proporciona una relación nítida con el otro que nos asienta en la existencia con la fortaleza de aceptar lo que es y hay.

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