El tiempo

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Desde que, en las postrimerías de mi adolescencia, me presentaran a un señor prusiano que se le antojó decir que el tiempo era una de las condiciones subjetivas, sin las que la experiencia no era posible, nunca más superé la problemática existente alrededor de este concepto. Debo aclarar que este impacto no lo sufren la mayoría de los adolescentes de hoy, que cursan el bachillerato sin haberse topado con el hábil de Kant –aunque esta es otra cuestión siempre seme cuela-

Visto con “gafas” kantianas, los humanos no podemos percibir ningún objeto si no lo ubicamos en un tiempo y un espacio determinado. La sensibilidad lo es de lo espacio-temporal, sino no hay experiencia posible.

Aun asintiendo al concepto de fenómeno kantiano –el objeto percibido- se nos muestra extraño en relación a la vivencia del tiempo que tenemos. Parecería que sin dejar de ser un a priori de la sensibilidad, debiera ser algo fuera de nosotros que actúa a su vez en nosotros. No solo entendemos el tiempo como el momento presente en el que se da algo, como la captación de un fenómeno, sino un transcurrir, un movimiento, un cambio de momento o instante que acumulados deja su rastro en las cosas y en nosotros. El envejecimiento, el deterioro, la degeneración se da en el tiempo, pero en su transcurso, en su acumulación. Si el tiempo fuera exclusivamente una condición de posibilidad de la mente humana nada de lo que observamos sobre el propio tiempo, bajo esa condición,  podría ser validado porque sería paradójico. Habrá pues que inferir que Kant -quien despertó mi pasión por la filosofía junto a Platón- no entendía el tiempo como una idea de la imaginación, sino como la estructura básica de la sensibilidad humana, lo cual no implicaba, en absoluto, que este no fuese algo inherente a la naturaleza, al universo cuyo dinamismo parece claro.

Entendido así lo formulado por Kant, podemos seguir deleitándonos con Marguerite Yourcenar con el tiempo, como gran escultor que va moldeando lo existente según las leyes de generación y degeneración, del cambio, del fluir de lo que es y por consiguiente no  estático.

Hay evidencia empírica de que lo fenoménico es dinámico. Esta apariencia de lo que es en sí –siguiendo el pensamiento platónico y kantiano que en su  matriz principal no considero superado- es de hecho el mundo en el que somos y estamos los humanos. Se explica desde esta perspectiva la cultura del cambio permanente que nos envuelve, después de siglos de buscar la estabilidad, el hombre occidental ha constatado que es efímero, pero no lo metabolizado. Por eso, se ha entregado a la vorágine del cambio ciego, sin propósito, ni sentido. Tal vez, porque aún subyace en su mente platónica la frustración de los ideales caídos, el desengaño; el gusto de consolador oxidado de lo nouménico  y la convicción de que la realidad parmenídea fue un delirio esquizofrénico.

La tragedia se halla en no poder creer y querer; en la impotencia de intuir lo auténtico, lo insondable; supuesto un resquicio mental que lo anhela, en tensión con un gran espacio racional que lo rechaza.

“Cada llaga nos ayuda a reconstituir uncrimen y a veces a remontarnos hasta sus causas”

M.Youcenar, El tiempo,ese gran escultor, Círculo de lectores. Barcelona.1990.pg.64

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