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Las circunstancias, que entretejen el camino al reconocimiento de sí mismo, dificultan el propósito; actúan como zarzas que desgarran la piel, atemorizan y paralizan al sujeto.   Así, deslindar lo propio de lo externo –de esa alteridad que no siempre es inocua- deviene un trasiego continuo para no confundir el yo con lo otro.

Quizás habituarse sea, en términos aristotélicos, llegar a la virtud del autoreconocimiento.