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Últimamente me ha sorprendido que ante los acontecimientos de desgarro colectivo, es decir tragedias en las que por una causa u otra muere un número elevado de personas y otras tantas resultan heridas –atentados terroristas, terremotos, ataques aislados de franco-tiradores que disparan al azar, incendios,…- las reacciones de masas  han variado.

De forma inmediata se suceden acciones de solidaridad en que los ciudadanos no afectados suelen prestar auxilio incluso con más premura que las autoridades a las que corresponde. En este sentido, cabe destacar que el vínculo solidario se despliega rápidamente ante tragedias colectivas y que este es un valor de las sociedades que los medios de comunicación ningunean o minimizan. Obviamente la organización espontánea de la sociedad civil nunca ha interesado al poder político, ni tampoco paradójicamente al democrático liberal.

Esta solidaridad mencionada desborda a las autoridades que gestionan lo acontecido y se llega incluso a perder todo el potencial que este gesto ciudadano tiene y seguiría teniendo si se organizara bien y se reclamara más.

Otro rasgo, bien dispar al comentado, es el hecho de que los minutos de silencio que se realizan tras la tragedia, en actos de distintas naturaleza, parecen haber sido sustituidos por los aplausos. Este fenómeno contiene trazos muy significativos sobre la sociedad en que vivimos y que a menudo se expresan, por incompatibles con los sutilmente dominantes, de forma paradójica.

El minuto de silencio ante una catástrofe, que cuesta vidas humanas, intenta crear un espacio vacío, en el que x individuos en su soledad compartida con el colectivo llenen ese tiempo del dolor de la pérdida aunque sea simbólicamente. No soportar, no poder sostener el silencio, no poder emular el dolor de la ausencia y necesitar llenarla de “ruidos” de aplausos, es un intento de huir de la interioridad, de no toparse con sí mismo, de hacer, para no tener que ser. Esta superficialidad y frivolidad –aunque no sea la intención consciente de los individuos- entona perfectamente con una sociedad y un sistema que se sustentan en lo vano, en lo epidérmico e impiden esa confrontación del individuo consigo mismo porque podría llevarle a un distanciamiento de la normalización social. O, mostrado de otra manera, el reconocimiento de sí mismo no deja indiferente al sujeto que necesita de una clara consciencia de la alteridad. Ese penetrar en lo otro, previa interiorización, puede ser un arma letal para un sistema basado en la manipulación.

Así, convenimos que aplaudir exalta las emociones, anuda la garganta, pero no enfrenta al individuo con el dolor de vivir y de la existencia. Ni el sistema lo favorece, ni los hijos del sistema lo desean acostumbrados a huidas que confunden la fiesta con el duelo, para fusionar placer y dolor y hacer de la existencia un encefalograma o plano.