¿Hay días vulgares?

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Revisión de un texto publicado en 2016.

Hoy es un día vulgar. Unos  regresan al trabajo tras el período vacacional. Otros se encuentran en la sala de un hospital con los nervios al borde de su paroxismo, la enervación. Algunos decaen monótonamente para no romper la costumbre, porque sospechan el amargo sabor del porvenir, que se mezcla con el estar y el “ya pasó”. Y así, uno tras otro y todos en conjunto, como hormigas obreras, nos distribuimos obedientemente al lugar, o fuera de lugar, que nos corresponde.

Esta melodía irritante cuyo ritmo nos predispone a la repetición, es el sonido agudo que se filtra para provocarnos un entorno melancólico y embadurnado de monotonía.

Hoy es un día vulgar. De esos que nos dejamos en la cuneta, porque hemos interiorizado, sin saberlo y aun sin quererlo, que la vida es al margen de mí mismo, que no nos pertenece, y que no tenemos “derechos” sobre ella. Como si ésta fuese un algo abstracto que se posa en mí por azar y yo no tuviera nada que decir al respecto. No hay vida sin un sujeto concreto que la vive; y considerando que cada vida es diferente, tendremos que afirmar que el individuo que existe y su vida o existencia son una y la misma cosa.

Establecida esta equivalencia, los días vulgares se derivan de la falacia de esta escisión absurda; superada esta disociación lo que yo hago con mi vida es mi día, mi existencia, vulgar, monótona  o no. No puedo dejarme vivir, porque nadie puede vivir por mí. Puedo vivir aislado, pero eso es deslizarme indiferente por el tiempo que dura la existencia, no es vivir. Solo nos queda asumir quien somos, nuestra identidad y responsabilidad y hacer de nuestra existencia una vulgaridad –el entorno lo facilita- o una vida humanamente mejorada. Esto último habría que analizarlo con detalle, tiempo tendremos.

No es este escrito ningún alegato parecido a “Sonríe que la vida es bella” Si así lo ha entendido alguien, me he explicado muy mal. Antes bien, mi mensaje sería: en este infierno los humanos podemos levantar la cabeza y vivir en lugar de sobrevivir. Unos más, otros menos, algunos nunca. Pero seguramente si hay alguien que puede parar el mundo para que quien quiera se baje, para que otros reflexionen, y para que algunos siendo críticos  promuevan otras formas de vida,  somos los que escribimos desde nuestra cómoda silla y muchos de los que leéis desde la vuestra. Tendríamos mucho que hacer si quisiéramos.

Lo hasta ahora escrito me recuerda, hoy, a la obra de George Orwell “Subir a por aire” en la que el protagonista se siente ahogado por la monotonía de una vida anodina en la que aparenta tener todas sus necesidades cubiertas, pero como dice Quintana:

Subir a por aire contiene la idea de que se pude subir a respirar si se sabe reconectar con la propia infancia: es por eso que Bowling quiere volver a su pueblo natal(…) Las novelas de Orwell son una exploración sobre la manera en que el hombre corriente mantiene su humanidad en un mundo absolutamente hostil a este propósito.(…) La ortodoxia del momento induce a creer que el desarrollo tecnológico traerá la salvación, pero Bowling no lo cree y sabe llevar a cabo su vida resistiendo y rechazando los subproductos negativos de la sociedad tecnológica. Puede llegar a un pacto con las negativas condiciones de su existencia porque sabe zafarse de la ideología dominante y continuar queriendo aquello ajeno al relato ortodoxo.

Oriol Quintana Rubio, Vostè i George Orwell. Sobre l’humanisme orwelià i la condició de l’home corrent, Viena Edicions. Fundació Joan Maragall/Cristianisme i Justícia. Junio 2019.

Es decir, la vulgaridad de los días solo puede soportarse si se dispone de una estrategia de oxigenación que permita reparar, aunque sea puntualmente, lo más genuino del humano. Para unos puede consistir, diríamos hoy, en recuperar la ingenuidad e inocencia de la infancia en que todo resultaba nuevo, estimulante y digno de ser disfrutado -libres aun del encorsetamiento de las estructuras capitalistas- y para otros en formas diversas de reflotar del fondo del mar para recuperar el aire imprescindible para continuar.

Según el ensayo de Quintana, el hombre corriente se revitaliza porque en esta subida a por aire renovado para respirar se halla implícita una resistencia íntima a someterse internamente al sistema y la ortodoxia.

Quizás, este sea el problema de nuestros tiempos: reducir y recluir la resistencia a la íntima individualidad, que a efectos sociales no posee vertebración alguna; en lugar de que esa resistencia del hombre corriente, vulgar o mediocre, sea activa y manifestada con contundencia como un clamor que una a los que tomando conciencia de la imposición de una ortodoxia que beneficia a los poseedores de gran parte de la riqueza y resuene infinitamente, hasta que se flexibilicen lo suficiente las reglas del juego para que podamos preservar algo de nuestra humanidad y, por ende, de la necesaria vinculación honesta con los otros.

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