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No hay incertidumbre más aguda que el no saber de esos seres que desvinculados cargan con su propia existencia. La ignorancia que ellos mismos ignoran, ese tremendo vacío de cada vida, que solo el individuo cata, sondea y gestiona.

Ya no hay úteros ni brazos que cobijan, ni debe haberlos, aunque las lágrimas saturen ese espacio inmemso que va gestándose como distinción del sujeto que se debate con la ignorancia del vacío.

Será que todo aparecer como ente se perpetra en negación al no-ser que, de hecho, se era.