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Cuando nos sentamos ante un papel –o pantalla- en blanco, podemos sentirnos atrapados por compulsiones que nos harían verter contenidos inapropiados, pero protegernos, a la vez, gracias a la acción de un sensor de autodominio que inmediatamente descargase su sabio elixir. Tal vez la pasión sea siempre enemiga de la reflexión, pero la reflexión sin pasión carece de convicción y fuerza, es como una especie de letanía hueca.

Siempre existe el justo medio, o el punto de equilibrio adecuado, al que aspiramos cuando procedemos a formular algo de manera atinada. Aunque no sea fácil cuando el objeto de disquisición es de alto voltaje emocional.

Se me ocurren, por ejemplo, las contradicciones que todos plasmamos y observamos cotidianamente entre lo que decimos y lo que hacemos. El decir es casi cuestión de habilidad dialéctica, para poder construir un todo compacto y sólido que no admita fisuras. Además, sazonado con la habilidad de la retórica que edulcora el discurso, es difícil que no se sucumba. Después vienen los hechos, lo que de facto puede observarse, y aquí crujen los cimientos del discurso tan bien elaborado. Es entonces, cuando entre el decir y el actuar se producen incoherencias, y se desmorona la posibilidad de creer en quien se muestra evidenciado por lo que acontece. La palabra se vacía, las acciones son fines en sí mismas y la falta de credibilidad imposibilita relaciones futuras.

Todos caemos en contradicciones, es fácil decir lo que se debe y humano hacer lo que se puede. Pero creo que hay una diferencia, que no es sólo un matiz, que distingue dos tipos de incoherentes

  1. Los hay que dicen lo que saben que obliga, compromete y, a la postre, somete, pero por voluntad hacen lo que satisface sus auténticos intereses.
  2. Otros sólo son impotentes. Es decir humanamente incapaces de sostener siempre la coherencia entre lo que saben y dicen y lo que hacen

Hay pues una diferencia de voluntad. De engañar con fines ocultos. La voluntad de convencer al otro de que lo bueno es lo mejor, aunque a menudo lo mejor sea enemigo de lo bueno. Y después, por supuesto actuar bajo esas supuestas mejores razones no explicitándolas nunca.

Por eso, entiendo que la honestidad es siempre necesaria, aunque nuestras palabras no concuerden con los hechos en ocasiones, la transparencia y la honradez pueden mitigar siempre el daño que de forma involuntaria infligimos a los otros. La confianza de saber que nunca fue la mala voluntad (ecos kantianos ineludibles) la que nos hizo actuar mal y que nuestra prioridad fue siempre la honestidad, en el sentido de que el otro tiene garantías de que actúo como pienso, establece una base de reparación sólida de las relaciones, que siempre nos permite volver a empezar.