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Los ídolos, que han sido elevados por la Sociedad a tal pedestal, poseen una habilidad excelente en alguna actividad. Los que los idolatran totalizan esa capacidad a toda la persona convirtiéndolos en un modelo a seguir. Craso error, ya que ocultan aspectos -muchos de ellos- miserables que preferiríamos no descubrir. Más allá del fraude fiscal, que ya es motivo de reprobación, en ocasiones culebrean actos denigrantes impropios de nadie que haya sido admirado nunca públicamente.