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Mientras nos adentramos y entregamos a lo onírico nos vemos a veces atrapados por narraciones terroríficas, protagonizadas por personajes anónimos y reales en las que además del contenido explícito, que puede conectar sin demasiada fantasía con la propia vida, nos atenaza la descarga emocional que parece desvelarnos más realidad que la vida  misma. Se precipita entonces una tragedia mental entre lo que profundamente soy y anhelo, y lo que aparento en tiempo de vigilia, aumentando la certeza de que las emociones son significativas en nuestra forma de entendernos y de captar el mundo, y que quien las ahoga hasta ser incapaz de dar con ellas, se suicida resguardándose en una coraza aniquiladora.

No es un ejercicio demodé el intento de buscar un sentido a los sueños, porque como contenido inconsciente se entrelaza de forma oculta siguiendo el curso de las preocupaciones existenciales.