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Qué pelmazos somos. Regurgitamos cuatro ideas que vamos obsesivamente alternando, como si la mente no tuviera capacidad de digerir más. Será nuestra pobreza cultural –en parte sí- el carrusel monotemático en el que estamos inmersos, el sometimiento social que tan suavemente nos acalla, la fragilidad ante el dolor, el cansancio del esfuerzo. O simplemente plomazos.

Acabamos refugiándonos en la caverna de las sombras para vivir de imágenes difusas y no saber. Para poder reposar la espalda en el muro de las lamentaciones junto a otros encadenados y fundirnos en la ceguera colectiva. Vivimos entre ensoñaciones de las no deseamos despertar, porque hay cansancios que exigen la muerte, no basta con yacer en horizontal.

Nos volvemos remisos a asumir determinaciones que expandan nuestra perspectiva y ahondemos en la amplitud de la existencia. El mundo parece habernos sorbido de placer, hemos devenido partículas licuadas e inocuas en un inhóspito medio. Hemos fracasado por ser solo reacción. La pérdida de iniciativa y pasión nos ha desintegrado en el mundo.