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La realidad[1] se muestra, a veces, excesiva. Como una tragedia descarnada que se hace insoportable, para quien posee una naturaleza escasamente dotada para soportar tanto desgarramiento. Por eso, la imaginación como amiga temerosa nos previene de lo más terrorífico, como por ejemplo que “sea nuestra madre la loca que va por los pasillos blancos con la cara desencajada de tristeza”. Esta amenazadora idea simboliza lo que de ninguna manera nos vemos capaces de sostener, casi ni de pensar por superlativamente excesivo, híper-real.

Parece que entre la imaginación y la conciencia se establezca una cooperación destinada a mantener la capacidad mental de asimilar lo que la realidad pueda brindarnos. Esta metabolización tiene límites que se inscriben justo donde lo real va mostrándose como exageradamente excesivo.

Hay otro tipo de exceso en lo real que hace referencia al desvelamiento que se va produciendo de la verdad en la medida en que alguien supera los límites de lo conocido y accede a un ámbito menos transitado. Esta verdad puede tener contenidos variados: el descubrimiento de la nada ulterior, por tanto de la carencia de sentido de la existencia, o por otro lado la identificación de alguna realidad plena que dé cuenta del mundo en el que vivimos, entre otras posibilidades. Sea como fuere, este tipo de experiencia ultrasensible implica también un exceso de realidad en relación al sujeto por cuanto dar con “la piedra filosofal” debe como mínimo producir fulgores platónicos en la vista por exceso de luz.

No obstante, los excesos suelen ser del primer tipo, ese que nos entrecorta la respiración, el habla y nos atemoriza no solo por lo que acontece si no por lo que puede acontecer.

[1] Uso aquí el termino en su sentido ordinario como sinónimo de existència.