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La relación educativa significativa es aquélla que transforma al alumno  y conmueve al  educador,  es decir, la que no deja indiferente ni a uno, ni al otro. Al profesor,  porque cuando uno pone en juego lo mejor de sí mismo, está ofreciendo todo lo que sabe, y ese saber, no es en absoluto el resultado exclusivo del academicismo, sino la encarnación de su vivir inteligible. Cierto es que  la convivencia diaria  nos muestra sencillamente como somos,  y no siempre aflora  nuestra virtud. Pero cuando incluso esa mediocridad que arrastramos irrumpe en el aula y somos los primeros en lamentarnos, el ejercicio de pedir perdón, disculparse y reconocer el mal involuntario que se ha podido infligir, es un acto de humildad que no daña el proceso educativo.  Reconocer las propias limitaciones estimula la honestidad y la asunción de los errores como un acto de normalidad en los alumnos.

En consecuencia, lo que educa tiene que ver con lo auténtico que emana de nuestro interior y no halla resistencia alguna en el otro, porque al fin y al cabo la sopa de ajo es más vieja que las TIC.