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Todo cuanto poseemos lo llevamos puesto. No hay nada material que propiamente nos pertenezca porque siendo corruptible se degrada a un ritmo distinto al nuestro, y no por ello nosotros dejamos de ser quien somos.

Existimos por determinación de lo poseído, pero esto que denominamos “posesión” no es más que unas atribuciones que nos identifican, nos diferencian  de los otros y nos hacen ser individuos únicos, aunque no estáticos e invariables.

Una arte del sufrimiento humano  surge de la confusión entre lo que se posee y lo que se es. Esta antigua reflexión sigue estando vigente si atendemos al ansia de tener que se ha inoculado en el sujeto de consumo, siempre tras el supuesto de que más consumo, más plenitud de ser. Por eso, aunque teóricamente pocos podrían reconocer la verdad de ese principio: soy lo que tengo, opera con efectividad y credibilidad en muchos individuos imbuidos en la sociedad de consumo.

Cuando el sujeto recopila sus posesiones y se hace un autorretrato se identifica o se sitúa en un determinado grupo o clase social. Eso le congratula, le hace sentirse de un tipo de familia y le obligada a unos comportamientos propios del rol que acaba de asignarse. Esta organización de los individuos en el mapa social está vinculada a su poder económico y acarrea una serie de imposturas y compromisos sociales que son el peaje de haber acumulado toda una serie de posesiones que le hacen ser quien es –falazmente- Así, inmersos en el gran teatro social confundidos en lo que tenemos, cada vez nos distanciamos más delo que somos y acaba creándose una coraza que nos impide acceder a lo más genuino de nosotros mismos.

De aquí provenga, tal vez, la idea de que el que menos posee materialmente más espacio tiene para ser, porque está menos mediatizado por el consumo que nos aleja de nuestro autentico existir.

Una perspectiva radical pero clarificadora respecto de lo que es una posesión de mi ser o simplemente un tener, sería plantearse si es algo que “me llevaré a la tumba”. Partiendo dela evidencia de que estrictamente no me llevaré nada, pero de que metafóricamente me acompañará aquello que verdaderamente constituyó mi ser y mi existencia, porque ese será el rastro imborrable que restará como herida y con el tiempo recuerdo de los que me echan de menos.