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Con motivo de la publicación de la obra de J.C.Mèlich “la prosa de la vida. Fragments filosòfics II”

 Cierto es que cada época encaja sus retos con un lenguaje propio y aunque se asemeje a otro ya pasado, debemos asumir que los matices son, de facto, casi sustanciales. Así pues lo fragmentario no es reductible a lo aforístico.

La filosofía del reconocimiento, en cuanto fragmentaria, no pretende dar cuenta de algo que no sea la existencia humana a trazos gruesos que se puedan ir perfilando. Con esa actitud hilamos y deshilamos el relato vital, conscientes de que su naturaleza es dialéctica y por ello siempre un puzle en reconstrucción.

¿Qué aporta la fragmentación filosófica? La conexión directa con la existencia y sus modos de darse, y la presentación de lo que hay sin reconfiguraciones lógicas. De tal manera que se sostenga la disgregación de la vida tal cual se produce y atendamos a su comprensión desde su complejidad caótica y diversa. Lo contrario consistiría en seguir encajando conceptualmente el mundo en esquemas mentales que no respetan lo que hay y se aleja de lo que se muestra.

¿Por qué hay unas fragmentaciones que parecen más válidas que otras? Porque desde un principio aparecen arraigadas a la existencia, fluyendo de lo concreto al pensar y ciñéndose a lo que es relevante para la existencia, puesto que de ella nacen.

¿La fragmentación posibilita algún tipo de comprensión? Sí, de entrada topamos con la diversidad y multiplicidad de la vida que no puede ser artificialmente ordenada en conceptos que se alejan de la singularidad y la diferencia de la cosa. Esta síntesis doblega la vida y muestra un aspecto de ella, pero menosprecia aquellos que pueden enriquecer y presentar respuestas diversas al empeño de conocer de los humanos. Si no hubiera diversidad no sería necesaria la fragmentación, si se muestra como una exigencia del conocimiento de la existencia es por la naturaleza de ésta.