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No es habitual mantener un dialogo acalorado familiar, sobre si la cosa no es hasta que no se realiza –se hace real- mediante el acto lingüístico. La cuestión de fondo no era otra que la tortuosa -por agotadora- relación pensamiento/lenguaje. Una chica de dieciséis años y un chaval de diecinueve debatiéndose en la cocina, entre platos sucios y la mesa por recoger, si son identificables o el pensar es previo aunque necesite del lenguaje. Su recurso a parte de argumentos de una finura casi inasible, descargar ejemplos como si hubieran encontrado una web a propósito y ellos fueran la Tablet que va absorbiéndolos. La esperanza es que no hay necesidad de tecnología, ni siquiera mención, solo su mente, sus reflexiones y un deseo ávido de entender: ella desde una perspectiva más neurocientífica, él desde otra más filosófica.

Los jóvenes que son hijos de la revolución tecnológica saben mejor que nosotros cuando deviene un artilugio insulso y rallan menos el ridículo que muchos adultos expertos.