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La muerte es la compañera fiel que, en nuestra soledad, transita siempre a nuestro lado. De tal manera que la fusión de ambos puede precipitarse sin aviso, ni preaviso. No obstante, lejos del pavor que esto podría producirnos, esa sombra invisible desliza su penumbra para protegernos de lo peor. La sentimos, a veces, intermitente y alerta, recodándonos que vela contra ese dolor insufrible, que aunque casi no pueda ser sufrido se nos fuerza sin piedad a padecerlo. Nos  libera de lo inhumano, como un ángel de custodia que aprehende con empática nitidez lo que ya no cabe resistir.

Así, hablar  en soledad es un continuo dialogo con la muerte, en cuanto estando presta y cercana nos estimula a buscar entre la maleza de la complejidad de la existencia, el sentido del vivir, de suportar el dolor esperando a que cese, de entender por qué somos seres con conciencia si más que una evolución parece haber provocado una revolución en la naturaleza.

La muerte nos reta porque no elude ni huye, porque ella se sitúa en el umbral de las últimas preguntes. Tan solo quien cercena caminos buscando atajos ávido de verdad, percibe el soplo umbrío y lúcido de la compañera fiel que, contraviniendo la opinión de muchos, nos protege cuando la soledad podría dejarnos destinados al abismo, lo insufrible.