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El S.XXI puede ser el momento en que el pensamiento como estructura racional organizada quede definitivamente dinamitado, por ser una  forma rígida que atenaza la mirada diversa del mundo y permite doblegarlo  otorgando certeza al dominio que el hombre ejerce sobre él. De hecho, parece que fue posible matar a Dios porque idolatramos en su lugar el poder de la ciencia y de la tecnología, como muestra fehaciente de la divinidad humana. Si en este tiempo de doble desafección, la postmodernidad y sus postrimerías, hay algo notable es la caída de todo ídolo de naturaleza racional. Podríamos aseverar que la razón como refugio ha muerto. El individuo tiende a trasladar su pasión desligada ya de toda necesidad de legitimación a lo que verdaderamente le hace vibrar y sentir emociones intensamente. Este ninguneo de lo racional como concatenación lógica que nos lleva a certezas, tiene su correlación en la aparición de pensamientos que ya no aspiran a la totalización, sino que desde una perspectiva que consideran relevante intentan abrirse camino en la existencia, convencidos de que otros harán lo propio desde perspectivas diversas. Esta fragmentación del pensamiento que no está ya prisionero de la razón porque en él tiene cabida también el aspecto emocional del ser humano, hay que celebrarlo en cuanto es la perspectiva que respeta la diversidad existente y permite su manifestación. Los que se dedican a su desarrollo tienen además la responsabilidad social de mostrar que es posible diferir, disentir y convivir.

Cierto es que contra este fluir del pensamiento fragmentado lucha el denominado pensamiento único que impone el neoliberalismo capitalista para mantener su dominio económico. Ahora bien, si desmenuzamos ese pensamiento único, no hay realmente contenido sobre lo que sea el hombre, sino supuestos interesados sobre lo que es, para elevar a partir de ahí una teoría económica que beneficia a los que más capital poseen. No es, por tanto, como tal una filosofía, sino una ideología económica cuyo fin es exclusivamente imponer un modelo económico. Carece de contenido filosófico profundo, ni de reflexión auténtica sobre lo que cualquier pensamiento fragmentario rebusca y recrea en nuestros días.

En lugar de rechazar lo ascendente porque pueda parecernos de menos calado, intentemos estar atentos, reflexionar sobre las distintas propuestas y entender a qué responde la necesidad de fragmentación.