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Tardó quince años en apercibirse de la magia de las baldosas de su cuarto de baño. Entregado a ese estado casi catatónico de observación desinteresada vio fluir figuras sinuosas, de líneas suaves casi difuminadas que iban al ritmo de una danza silenciosa cediéndose el lugar y la existencia. Se sintió invadido por la ternura de esas caras infantiles que aparecían insistentes en el terrazo y le retrotraían a un cielo de víctimas que volvían reclamando justicia. Nadie puede descansar en paz.