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Cuando casi hay un consenso universal en que es de estúpidos empezar “la casa por el tejado”, algunos se preguntan dónde estaba la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres del Alumnado (CEAPA) -con las doce mil asociaciones que representa- cuando se aprobó la LOE  y se privó a sus hijos de una formación cultural amplia o cuando durante estos últimos años se han ido haciendo recortes en personal, recursos y medios en educación que han ido siempre en detrimento de la calidad de la enseñanza, o dónde cuando se impuso el uso de iPads en las escuelas como la herramienta que iba a minimizar el fracaso escolar. ¿Seguramente conviviendo con sus hijos?

El supuesto problema de las tareas escolares es un apéndice que debe ser resuelto por el AMPA de cada escuela cuando esto devenga realmente problemático, ya que tiene su razón de ser en el proceso de aprendizaje no solo de contenidos, sino de hábitos y de responsabilidades. No es por tanto un asunto sustancial de la enseñanza que merezca la atención de la CEAPA como sí lo son otros muchos aspectos por los que deberían haber convocado huelga – pero no de niños, ¡por favor!, y con los adolescentes habría que reflexionar  e invitarles a decidir asumiendo las consecuencias de una huelga real- de padres. Y una huelga contra los gobiernos responsables de la educación del país, no contra las escuelas, que al fin y al cabo parecen ser los responsables de la educación de los hijos, a veces por encima de los propios padres. Y me atengo a la lista de supuestas atribuciones que se le endosan a la escuela en lugar de perfilar clara y llanamente que el primer responsable de la educación de los niños son los padres.

Así, palpando el interés que esta cuestión ha despertado –tanto como la cobra de Bisbal a Chenoa- me temo que la verdadera motivación sea para muchos aquello de eduquen a mis hijos, háganlo bien, pero no me molesten. Para muestra un botón: fin de semana en Sitges, conversación de una niña de unos diez años con sus padres, en la terraza de un bar tomando unas tapillas:

-M: ahora vamos a casa, comemos y después a la playa

-H: ¡No, mamá! Que tengo deberes y tengo que estudiar para dos controles de esta semana.

-P: ¿Cómo? Anda ya, vamos a la playa, ya lo harás.

H: ¡jolín!

Algunos niños y adolescentes estudian, a pesar de sus padres. Es obvio que en esta escena parece que a quien más incordia la tarea escolar es a los padres, porque no la habían tenido en cuenta –nunca lo hacen- y amenaza con entrar en colisión con sus planes de ocio, en  los que por edad la niña debe participar.

Pero, de la misma manera que la profesión y el trabajo parental condiciona la vida familiar irremediablemente, es lógico que el proceso educativo de los hijos también la interfiera. Es más en el caso de los hijos debería poder integrarse en la vida familiar ofreciendo apoyo y facilitando y animando al chaval a que asuma sus responsabilidades. A veces repasando lo que ha estudiado a través de preguntas que demuestran el interés y apoyo de la familia, otras resolviéndoles dudas sobre cuestiones que no tienen del todo claras o ayudándoles a buscar explicaciones que los padres tampoco conocen. En definitiva valorando lo que hacen como una ocupación tan importante como el trabajo que los padres realizan.

No querría dejar de añadir que si lo primero que enseñamos a nuestros hijos es a hacer huelga reivindicando un derecho que no queda eliminado, de hecho, en lugar de asumir el deber de responder a sus compromisos, estamos dejando crecer individuos desajustados a la realidad, en la cual existe mucha exigencia en el campo laboral, que es donde todos tendrán que garantizarse el sustento, menos contrapartida de la esperada y cada vez menos derecho que reclamar. Sin embargo cuando las huelgas atentan contra derechos irrenunciables son pocos los padres  que reflexionan sobre ello con sus hijos y los abandonan al circo romano de los medios de comunicación.

Por tanto, suplico no hacer el ridículo. Ayudar a nuestros alumnos e hijos a diferenciar lo sustancial de lo accidental y sobre todo a luchar sin descanso por cambiar lo fundamental, sin perdernos por las ramas y caer casi en frivolidades que en su justo punto tienen solución.