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Esa letanía interior que advierte de la desgarradura que reitera el vacío crónico cada vez que se hace presente. Ese abismo oscuro que parece centrifugar aunque nos resistamos, barajando alternativas: un tajo de dolor físico para mitigar la angustia, un fajo de lenitivos en cápsulas para mitigar la conciencia, un acto definitivo para mitigar el ser o una llamada de auxilio que mitiga la autoestima. Alternativas lacerantes, todas ellas.

También podemos no respirar, intentar atajar el tiempo, para que no transcurra la vida y detener estos sucesos, absorber la desgarradura, el centrifugado, la angustia y tomarnos un receso. A ver si después, todo calmo, se afloja la vida y no exige tanto.

Al fin y al cabo, para llegar al abismo pueden abreviarse los pasos y zanjar el avistamiento de un manotazo. O ser un Sísifo consciente o probar la caída libre que tal vez nos desvele algo al paso.