Hay percepciones de la existencia que se sitúan al final de la misma. Otras, por el contrario, lo hacen al principio, y una tercera lo haría desde una perspectiva que abarcaría el proceso desde su inicio hasta el final. Sería útil bautizar cada una de ellas, pero teniendo en cuenta que me encuentro en una fase intuitiva y de indagación prefiero no etiquetar –esa socrática manía- percepciones sobre algo tan complejo como es nuestra existencia.
Incluso la enumeración que de ellas he realizado no implica ningún orden deliberado que les atribuya jerarquía o significación. Pero como por alguna tenemos que empezar lo haré por orden de aparición.
Entender la vida desde su final, la muerte, debe dar un cierto sentido de fracaso o negatividad a quien así lo haga. Sea, este final, producido en un tiempo que consideremos apropiado por edad, lo cierto es que la lucha que implica vivir, sostener el ánimo y el aliento para acabar desapareciendo sin garantías de no ser más que cenizas, no es demasiado estimulante si esta es la manera de percibir la vida desde siempre. Cuando además el final es abrupto y a destiempo la comprensión de la existencia es mucho más compleja. Así, diría que adoptar esta perspectiva por parte de alguien que tiene que vivir, antes que morir, es poco hábil. Y hablo de habilidad porque al margen de la verdad, y una vez intuida la catástrofe, es más adaptativo e inteligente buscar formas de vivir de la mejor manera posible. La verdad, se nos impondrá finalmente, no estamos esquivándola, sino sabiéndola ahí, intentamos vivir dignamente.
Visto así, quien se aproxima a la vida desde su inicio corre el riesgo de no avistar esa trágica verdad –la del sinsentido que de entrada parece tener la existencia- pero, sin embargo, en cuanto percibe la existencia casi como un libro por escribir puede rebosar de entusiasmo por su convicción de que la vida nos pertenece. Su proceso consistirá, talvez, en irse dando cuenta de que menos de lo que creía, pero luchará por mantener la esperanza y ver la muerte como un episodio que corona la vida, sin que necesariamente tanga que ser trágico.
Por último los que la visualizan como un proceso perciben la existencia como un período en sí mismo, que como tantos otros se inician y se agotan. Esta perspectiva desdramatiza la muerte y apuesta por existir con profundidad, en cuanto es un estado único que como seres inteligentes no podemos negarnos la voluntad de entender. Equilibrada la carga emocional de nacer y morir podríamos afrontar la finitud y el posible sinsentido sin el riesgo de creer que nosotros mismos aceleraremos nuestra muerte.
Los humanos somos entes curiosos, ávidos de verdad; si el temor a ésta nos lleva a creer en fantasías, estamos estancados en la infancia de la humanidad.
