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Ese instante que distancia la vida de la muerte –del que tal vez da cuenta la medicina- se torna inconcebible emocionalmente cuando de forma abrupta oímos: ”Ya está,…” ¿El qué está? ¿Qué tenía que estar? Será en cualquier caso que ya no está la persona amada ¿Cómo saben que no está? Así, en un punto del tiempo se desvanece alguien que tanto ha vivido, y ese tránsito, de ser a no ser más que recuerdo, nunca puede creerse con la misma prontitud que sucede. Resulta inexplicable.

Acompañar a quien amas en el momento de su muerte, ese suceso íntimo de soledad por antonomasia, es ser testigo atenazado de miedo y estupor, que se sostiene por fidelidad ante un acontecimiento inaceptable emocionalmente.

Es encarnar un réquiem mudo.