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La hipócrita cultura que transmite a los niños el mantra de “te protejo porque tienes derechos”, y ni tu propia familia puede maltratarte, crea una confusión mental entre la autoridad de las figuras parentales y cómo pueden ser ejercidas y el estado como autoridad que impone la ley. Este conflicto obviamente se hace patente en familias donde las relaciones han llegado a un nivel de degradación importante, y donde la desautorización de los padres que los hijos aprovechan apoyándose en la protección de los menores es a veces una perversión más que una ayuda al menor. Cuando cumplen la mayoría de edad se convierte en carne de asfalto. Entonces muchas de las familias vuelven a recogerlos, otras no. Pero esa vida de marginalidad donde parece que los derechos se tornan deberes y meras exigencias, será ahora perseguida por el mismo Estado que “parecía protegerlos”. ¿Qué se les exige si nunca nadie les educó, ni los padres ni esa administración de menores que velaba por ellos? No son más que la contradicción del propio sistema.

Esta hipocresía social, a nivel general, se percibe en un trato protector de los infantes y adolescentes en el sistema educativo, incluso a veces universitario que se trunca cuando al abandonarlo,  se ven  expulsados a un mundo que nada tiene que ver  con ese entorno esponjosos y protector.

Los jóvenes se encuentran con un mundo competitivo y duro, donde el rendimiento laboral no es lo decisivo para conseguir el siguiente contrato de trabajo, sino que interfieren prioritariamente los intereses económicos empresariales a corto plazo.  Se encuentran viviendo bajo una exigencia continua y sin recompensa garantizada, y con la incertidumbre de si alcanzarán un sueldo que les permita llevar una vida independiente del núcleo familiar de origen.

Fueron educados bajo una protección que minimizaba sus dificultades para lanzarlos a la jaula de los leones. Sin excesivos recursos personales que les permitan afrontar esa batalla desproporcionada, y que por lo tanto vaya generando en ellos una visión muy pragmática, egoísta y crematística de la vida. Justo lo que necesita el sistema vigente para mantenerse vivo. De esta forma los mejores, como el darwinismo social más salvaje rezaba, sobrevivirán y los otros serán aquellas rémoras no aptas para liderar los puestos clave de la Sociedad.

Será que el Estado y la Escuela siguen al servicio de los intereses de los poderosos, nunca al servicio público. Y lo más trágico es que los cambios que se auguran en educación pueden cronificar aún más esta colaboración.