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Suena el teléfono. Una ONG de médicos me ruega colaboración para continuar asistiendo a las víctimas de los bombardeos y ataques de Alepo. Mi respuesta acongojada es que tendría posibilidades de ampliar la aportación cuando reciba la paga. Quedamos en telefonearnos a mediados de diciembre, colgamos. Suena el teléfono. Otra ONG en defensa de los derechos de los niños me pide la aportación, que buenamente pueda hacer, para la alimentación de los niños que se hallan en los campos de refugiados –incluso los invisibles- mediante un sistema sofisticado que concentra nutrientes en una superficie pequeña envasada. Sintiéndolo mucho les digo que creo que no va a poder ser. La economía familiar contribuye ya con varias entidades y necesitamos poner un límite. Me agradecen la escucha. Suena el teléfono,…no lo descuelgo.

Porque mi conciencia no deja de preguntarme ¿Cuál es ese límite?