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La memoria nos permite acumular recuerdos y con ellos construir un relato, más o menos consistente, de lo que ha sido y es nuestra vida. Una historia repleta de pequeños vacíos que rellenamos inconscientemente más con sentimientos que con hechos. Parece que, en realidad, nuestros recuerdos difícilmente son los acontecimientos tal y como sucedieron, sino tal y como fueron vividos por nosotros y pasaron a formar parte de nuestra experiencia emocional. Así, se explicaría que con los años la distorsión se acreciente, y es posible que aumente la parte de relato y decrezca la más objetiva.

No obstante, siempre es significativo el conjunto de emociones que envuelven un determinado acontecimiento, eso no parece variar. Pueden intensificarse, pero no modificar su cualidad. Este dato es importante porque la memoria nos permite a través de las emociones recordar si hubo algún hecho en un determinado contexto desagradable, dañino o gravoso. Podemos olvidar el qué, pero no la emoción asociada al qué. De hecho hay fobias que se sostienen en base a un olvido del acontecimiento que la generó, pero no se disipa la emoción que determinados objetos o situaciones vinculan inconscientemente la mente del sujeto a aquella situación.

De esta forma, los recuerdos constituyen el conjunto de experiencias que nuestra mente es capaz de tolerar sin desestructurarse. Cuando no es así o bien la memoria los reprime y genera el olvido, o si esto no ha sido posible aparecen lo que denominaríamos síntomas de trastornos o enfermedades mentales, que estarían actuando como mecanismos de defensa contra los recuerdos insoportables.

Siendo nuestra mente y nuestro cerebro lo más desconocido de nosotros mismo, sabemos lo suficiente para desechar –sino es por uso poético- la palabra locura y reconocer que quien sufre mentalmente es porque tal vez ha visto el mal en su estado más pornográfico.