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Las generaciones nacidas alrededor de los años 60-poco antes y después- fueron las grandes víctimas de una pandemia que surgió primero como un tipo de neumonía desconocida para pasar a ser un virus que castigaba a los homosexuales y posteriormente también a los promiscuos heterosexuales. El juicio moral que fue asociado al miedo a una enfermedad para la que se tardó años en encontrar un tratamiento y en identificarse claramente la forma de transmisión y la naturaleza de la misma, supuso la marginación –creo que la más explícita y brusca que he presenciado- de los que por desgracia contrajeron el virus.

No hay que olvidar que en España estas generaciones fueron las que a finales del franquismo y en plena transición rompieron con la moral católica impuesta por la dictadura y reivindicaron y vivieron una liberación de las costumbres y prácticas sociales. Coincidió, pues este intento de reivindicar una libertad, también en el ámbito sexual, con la expansión del SIDA. Al cabo de unos años cuando los síntomas de la enfermedad empezaron a manifestarse en individuos de distintos países, la franja de edad más afectada en España coincidía con las primeras generaciones jóvenes de finales del franquismo e inicios de la transición democrática.

Fueron víctimas de la ignorancia, no de inmoralidad, pero pagaron hasta el día de su muerte con el ostracismo social, y el dolor de su enfermedad. Algunos murieron solos, otros en centros de acogida de enfermos de SIDA –fundamentalmente religiosos, todo hay que decirlo-otros acompañados de amigos, que temerosos, observaban cómo podía despreciarse a una persona, abandonarla a su suerte por algo que no era en absoluto responsabilidad suya. Hubo enfermos que lo guardaron en secreto y excepto el equipo médico y ellos nadie más lo supieron.

Hubo unos años duros, porque prácticamente cada semana tenías noticia de algún amigo o conocido que se encontraba en esa situación, hasta que los infectados por el virus de tu generación pasó: bastantes que se fueron y creo que nadie se quedó por aquel entonces con el SIDA como una enfermedad crónica. Hoy, parece que las circunstancias han cambiado, aunque no estoy muy informada, tal vez porque aquella tempestad huracanada nos dejó huella a unas generaciones que solo queríamos cambiar y mejorar el mundo.