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Siempre puede recurrirse a formas poéticas para referirnos a los hechos más profanos de la existencia. Las musas son imaginarios colectivos que legitiman la habilidad y tenacidad de los que saben escribir y justifican la incapacidad de los que no, como si todo el mundo estuviera obligado a ser excelente en todo.

Personalmente, me halle donde me halle -en la división anterior y en las subdivisiones posteriores que podríamos hacer- rechazo cualquier recurso a inspiraciones pseudomágicas a las que pueda aferrarse quien escribe. Creo en la lectura atenta, en la reflexión como actitud vital y en la necesidad de expresar las inquietudes por escrito, dándoles una cierta elegancia literaria que encauce lo vivido y sentido directamente al alma del lector, o cuando sea el caso, de intelecto a intelección.

Así, ante la mesa que soporta el portátil, y el portátil que soporta al escritor se produce una corriente eléctrica intermitente cuando los dedos teclean decididos. En ocasiones, los dedos se paralizan, el corazón se ha entumecido, o quizás se siente vacío, o la mente sin idea alguna. No hay intermitencia, no hay zarpazos en el teclado. Pero no es a las musas a quien a que esperar, sino a uno mismo. Esperar que el cúmulo de acontecimientos desbloqueen el pensar y el sentir y reencontremos el circuito que nos lleva a las palabras.