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Los recuerdos son  nuestros puntos de sutura entre pasado y presente. Sin ellos sentiríamos la carencia de una identidad forjada con los años, nos sirven de cimientos para reconocernos hoy. Pero, también son, a veces, cargas pesadas del ayer que por su actualidad se convierten en heridas del presente.

Lo relevante no es el significado que le demos al recuerdo, sino las emociones que supuran con él y, ahí sí, tiene relevancia el contenido atribuido al recuerdo. Esto sobre todo porque las emociones son tremendamente vívidas y estados del presente con los que tenemos que lidiar. Al fin y al cabo, la complejidad para modular esas emociones es mayor si su origen son recuerdos gestados por el sujeto en un pasado remoto. El origen actual del sufrimiento son los sentimientos del hoy en relación al sí mismo que se originaron en épocas tempranas –siempre refiriéndonos a la función que los recuerdos pueden tener en nosotros- y que se extienden como patrón de relación con lo otro.

La lucha contra los malos entendidos “emocionales” exige depurar el origen de la emoción y apercibirse del absurdo de su universalización. Proceso lento, porque se trata de un cambio emocional, del sentir, que nunca podrá ser pleno. Aunque la primera punzada sea el escozor de la llaga, debe ser posible rearmar hábilmente el proceso y frenar ese autodesprecio que lleva recrear el patrón arraigado. Algo así como quien tiene un tobillo tonto y siempre debe mirar dónde pisa.

Quien es víctima de sus recuerdos debe atender siempre a la tonalidad que presentan cuando se avistan.