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Los antiguos ya se cuestionaron si era posible la unidad en la pluralidad. Aunque la naturaleza de su pregunta era ontológica, no deja de ser un referente sugerente para analizar hoy la fisonomía de muchas instituciones.

La cuestión de los griegos formulada hoy en este contexto sería : ¿es posible mantener la unidad y solidez de una institución que acoge en su seno una pluralidad de percepciones individuales?  Si entendemos por institución una constelación normativa que regula un ámbito de la vida social, estamos ya identificando donde radica la unidad y estabilidad de la institución. De hecho los individuos que pertenecen a la institución deben asumir la base normativa que establece los fines  de la institución. En cuanto a los medios pueden estar sujetos  a un mayor o menor grado de deliberación por parte de los integrantes.  ¿En qué medida puede por tanto integrar una institución la diversidad individual que implica las formas de entender los medios y los propios fines de la institución? Los griegos entendieron que lo uno era lo auténtico, en su caso lo real, y lo plural la forma en que éste se muestra o aparece.  Así sin la unidad no habría de hecho pluralidad porque ésta no es más que la apariencia de lo uno-real. De la misma manera lo auténtico u originario de la institución es su constelación normativa, la forma en que la institución entiende los fines y contempla los medios. Su apariencia diversa nos llega a través de la pluralidad de individuos que la integran, pero que no deben ser más que un reflejo de la institución.  Sin lo uno, no hay aparecer, sin la normativa institucional no hay aparente diversidad. Y digo aparente  porque no creo que la mayoría de instituciones toleren ni deseen de hecho ningún tipo de diversidad. La institución establece el marco, los individuos se deslizan por él, con la habilidad de no traspasarlo y crear disensos. Existe implícitamente un modelo, un perfil de, y cualquiera que se des-marque está destinado al olvido.

Intentando concretar más. Cuando las divergencias en relación a la forma de entender los objetivos y medios de una  entidad se agudizan, la unidad peligra. Para intentar contrarrestar esa disparidad las instituciones desarrollan discursos coherentes en relación a sus fines últimos capaces de ilusionar a los individuos, conseguir su identificación con la institución y que se sientan ella.

Pero este logro ideológico se desvanece cuando en las acciones que son, de hecho, valoradas por la institución el individuo identifica contradicciones flagrantes entre lo que la institución dice creer y pretender y lo que de veras pretende. Es en esta digresión de lo explicitado que se rompe el vínculo entre el individuo y la institución, y, en consecuencia, se produce una dualidad entre los sometidos, a pesar de las contradicciones, y los que no renuncian a ejercer de forma coherente los fines en los que creen.

Así se desarrolla progresivamente una doble moral: lo formalizado como finalidad, y lo exigido al individuo que no se ajusta a los fines formalmente reconocidos . Es algo así como estimular oficialmente la participación y a la vez vetar todo intento genuino de participación.  Porque una cosa es lo dicho y lo políticamente correcto, otra muy distinta, a veces, lo que realmente esperan y quieren los dirigentes de una institución para mantener su hegemonía y la homogeneidad de los que forman parte de ella.