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La penuria como escasez de cosas precisas se contrarresta con bienes materiales que puedan satisfacer esa falta de. No es para nada sencillo sobreponerse a una situación de penuria económica, como bien muestran los índices de pobreza en España. No obstante, el diagnóstico de lo que sería necesario para revertir esa situación es de una dificultad asumible y, por tanto, la solución, siempre que haya voluntad, también.

Pero existen otro tipo de penurias, que no las denominaríamos propiamente así, sino para ser más precisos de carencias que son de carácter afectivo y emocional. No pueden ser satisfechas con cosas. Su identificación y diagnóstico es complejo. Su carácter no visible las lleva a pasar desapercibidas, ignoradas, y no computadas a menudo en el lastre que arrastra un individuo si no van acompañadas de penuria económica. Esto último afecta especialmente a quien procediendo de una familia acomodada y aparentemente no desestructurada no muestra indicadores externos de ningún tipo de carencia. A veces, entre estos aparentes “niños bien” se esconden individuos víctimas de maltrato del tipo que sea, y que por ello padecen una carencia emocional digna de ser considerada y atendida. Otras también se dan desestructuraciones familiares en estas familias acomodadas y el sufrimiento que provocan en los hijos puede ser traumático.

En cualquier caso, no se calibra adecuadamente la carencia afectiva, porque su naturaleza etérea la hace relativamente insondable y prescindible, para los que intervienen en la educación de los infantes afectados y no desean complicarse el trabajo.

No obstante, cuando se alían la penuria y la carencia la vida  aparece como un calvario no demandado, y si estas situaciones se prolongan es comprensible que tanto Calderón de la Barca como Miguel de Unamuno coincidieran aseverando que “el mayor delito del hombre es haber nacido”, o a la postre advirtiera Cioran “Del inconveniente de haber nacido”.