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Fingimos vivir como si fuera liviana la existencia, perforando el ánimo ajeno con una impostada sonrisa cuyo eco retorna “idad, idad,..” Y asumimos el éxito del engaño que nos motiva a perpetuarlo, incluso hasta haber perdido el sentido de dicha impostación. Es entonces, cuando se produce el silencio y la compasión ajena contemplando el esperpéntico ridículo: y, también, el instante en que tras el rostro impostado, derramamos lágrimas preguntándonos qué hemos hecho de la vida.