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La expresión “lo que nos es dado”, usada a menudo en textos teológicos, me deja absolutamente perpleja, sobre todo cuando fuera de ese contexto se aplica para referirse a aquello con lo que nos encontramos en la vida. Admitamos su legítimo significado teológico. Pero no podemos en ningún caso aceptar que de forma extensiva se considere que “se nos da algo en la vida” como si eso nos sometiera al mandato de una gratitud infinita, por un algo que ni lo merece, ni hemos reclamado, ni creemos que nos haya sido dado.