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De niña me educaron según un patrón social que me anulaba. Levanté una cápsula a mí alrededor,  empecé a jugar a fútbol, a chapas y cuando el desprecio tomó la disposición lingüística de “marimacho”, creí entender que mi rareza no cuajaba en el mundo. Hasta que la incursión en el ámbito intelectual nos situó a todos, en un principio, en igualdad y ahí se evidenció que los roles sexuales son formas de sometimiento, y que a menudo el hombre ha visto en la mujer la amenaza que podía humillarlo definitivamente. Algo así como la culpa de todos sus males –acaso imbuido por el rito adámico-