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Lo subversivo invierte el orden establecido al cuestionarlo como el único válido, posible y deseable. En este sentido lo singular, como rezaba el blog de mi añorada Sofía, es subversivo si antepone su idiosincrasia como la normalidad propia y apropiada. Esta contundencia de lo diferente, en algunos sistemas sociales excesivamente homogéneos, es una necesidad para no ser devorados por  la masa y los patrones impuestos.

Sin embargo, puede ocurrir que, cuando por reacción, la sociedad se despoje de determinadas características de ese orden  y se dé rienda suelta a la diversidad de modos de vida, se caiga en el polo opuesto. Es decir, lo mayoritario es lo diverso, no hay normalidad fuera de la multiplicidad y  lo minoritario homogéneo debe ser obviado.

Esta perspectiva vuelve a ser tan falaz como la anterior. Si disponemos de un lenguaje simbólico es gracias a que bajo los términos agrupamos cosas que siguen una norma y un patrón para poder ser dichos. Destacamos pues lo común que define las cosas y las iguala, lo cual no excluye sus peculiaridades individuales. Así si denominamos fruta a un conjunto de elementos, no menos preciamos el hecho de que no sea lo mismo ingerir una ciruela que un plátano. Pero no podemos construir nuestra idea del mundo a partir de citar cada singularidad existente porque eso sería amontonar datos sin sentido -algo así como un ordenador que no clasifique la información, o nosotros que no sepamos hacer una criba de lo relevante según lo que buscamos-

El orden establecido fija unos patrones de vida que deben ser flexibles y capaces de acoger novedades y singularidades que merecen el máximo de respecto, y por ello debe lucharse, huyendo claro está del extremo opuesto que acaba convirtiendo lo que era orden en lo subversivo, una situación paradójica. Diríamos que a este paso lo subversivo es estar casado durante cincuenta años con la misma persona, porque eso hoy ni lo entiende nadie, ni lo hace casi nadie.

En conclusión, desearía que lo subversivo siguiera siéndolo, guardara su poder revolucionario, porque donde no hay posibilidad de subversión nos hallamos en el caos y el desconcierto.