El límite de lo moralmente deleznable es tan relativo, que esa flexibilidad deviene incluso más atroz que lo juzgado como repudiable. Si, siendo el caso, analizáramos un hecho de pederastia constataríamos que lo que en una cultura parece patológico por su suma inmoralidad –inconcebible en alguien con conciencia moral- en otras la incorporación de las menores -niñas- al matrimonio y por ende al mercado sexual es un hecho natural marcado para la condición femenina.
Hay acciones que nos provocan un repudio emocionalmente moral, muchas proceden del acervo cultural sin visos de reflexión ética, pero algunas generan el rechazo desde las vísceras de un ser humano, que no concibe como la aceptación de determinadas acciones contribuye al buen desarrollo de los individuos humanos.
No caeremos en el dislate de confundir lo humano con el ideal de humano. Pero acaso sea preciso desacomplejarse y expresar la convicción de que no todo lo humano “humaniza”.
