Etiquetas

,

La desconexión y el retiro temporal de las redes sociales proporciona una sensación de aislamiento e intimidad, que debería cuestionarnos qué exponemos a través de ellas y si coincide con lo que deseamos mostrar. La cuestión no es en absoluto sencilla, porque la interacción con otros internautas supone el intercambio de algo propio y la naturaleza de eso que nos pertenece no siempre es delimitable en la red social. Cuando compartimos, por ejemplo conocimiento estamos exponiendo mucho tiempo de esfuerzo y trabajo personal, que nos ha permitido la elaboración o síntesis de lo que ahora manifestamos, a modo de artículo o en de diálogo de grupo. Algo muy íntimo se entremezcla en esas afirmaciones cognitivas, aunque a priori parezcan estar exentas de toda subjetividad. Pero, además a menudo la interacción nos lleva a expresar aspectos personales a otros individuos que estando al otro lado de la pantalla, devienen tan reales como nosotros mismos. Este es en cierto modo el supuesto certero de la red: la interacción se realiza con alguien real, al margen de la identidad de sujeto, y eso le da veracidad al intercambio en el que parecen intensificarse sin tapujos la proximidad del otro y la vinculación emocional.

Por ello, aunque no nos consideremos enredados por las redes, la puesta en marcha de una desconexión desencadena una rareza, un estado de carencia que tiene algo que ver con la pérdida de la interacción. Se entiende así que las redes sociales puedan ser un espacio de desorientación, dependencia y alternativo a las relaciones frente a frente para muchos adolescentes y jóvenes, que acaban aislándose del mundo fáctico para desenvolverse en el mundo virtual aparentemente más plácido –aunque no lo sea-