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Si la base sobre la que se construye la personalidad es una marea de confusiones, es propio que devengan otras tan arraigadas como las originarias. En esa barahúnda, el yo no posee una trama sobre la que sostenerse y vacilante deambula sin hallar reposo ni lugar propio.  

De ahí nacen desencuentros con los otros, ya que quien no se sabe no tiene desde donde establecer vínculos.