Publicidad y falta de Ética

La publicidad de medicamentos es un contrasentido ante la idea razonable de que los fármacos deben ser recetados por los médicos, o como mucho, ante pequeños incidentes, asesorarse por el farmacéutico. Para esta práctica no es necesario que el público conozca en absoluto marcas ni medicamentos que no deben ser autoimpuestos porque no son inocuos.

Los anuncios empatizan con molestias habituales que cualquier persona puede padecer de vez en cuando y, presentando la figura de personas sanas y activas, les propone la ingesta de medicamentos que mejoran ese posible malestar, hasta el punto de que publicitan un anticoagulante y parece que te presenten un complejo vitamínico mágico. Así, el escándalo de hacer negocio se multiplica porque no solo incitan al consumo de un producto que puede ser dañino, si no está bien prescrito, sino que usan cierto engaño para su presentación.

Los intereses de las empresas farmacéuticas se superponen a una política sanitaria coherente. Pero no solo.

La sanidad pública lleva años dedicando recursos para los adictos al juego, con terapias específicas para ludopatías en las que se incluye el apoyo y la implicación familiar. Al margen del tratamiento psiquiátrico o psicológico individual que los pacientes requieran. Para la sorpresa de los que padecen esta adicción, sus familiares y los profesionales que llevan años entregados a la causa, ha proliferado la propaganda televisiva, invasiva diría yo, de las casas de apuestas en relación al futbol, pero también para jugar al bingo. Una, ante tal despropósito y fenómeno paranormal, se queda atónita y se pregunta ¿qué lógica impera en el mundo publicitario para no anunciar otros productos y sí algo tan adictivo como es apostar dinero en cualquier tipo de juego? ¿Por qué se le da este zarpazo a la ludopatía como si no tuviera ninguna importancia?

Deberíamos concluir, lo que quizás todos intuimos de antemano, que si se puede se vende, al margen de lo nocivo que sea. En consecuencia, si podemos actuamos sin ningún tipo de cortapisas, a semejanza de lo que otras especies hacen con sus instintos, actuarlos. La diferencia es que nosotros actuamos maquiavélicamente.

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