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El hombre digitalizado ha reducido el espacio físico hasta un cubículo estéticamente despersonalizado, donde destacan la idolatría dominante, para ampliar su campo mental virtualmente; bien protegido, cree, tras un plasma rajonyano.

Lo que parece suceder está algo alejado de esa fantasía protectora. Tendemos a filtrar toda relación por el cedazo de la digitalización, llegando incluso a trasladar las viejas amistades a ese ámbito, al que deben adaptarse para no desaparecer del mapa. La realidad y lo virtual se fusionan de tal forma, que resta caduco el empeño de algunos de trazar una línea entre el mundo virtual, que ya es real, y la realidad. La reivindicación social está al alcance de todos, pero como forma de rebeldía por la palabra, ya que se ha confundido la red social con la acción social. Dinamizar, ser activo en las redes sociales se entiende como una especie de activismo social y político al que están dispuestos más individuos, porque obviamente quedamos resguardados tras una máquina que nos dota de una falsa sensación de anonimato y por supuesto de falso compromiso, aunque socialmente esté valorado. El móvil e internet son dos prolongaciones, casi naturales, sin las que el individuo no sabe ya dar cuenta de sí. Estas protuberancias han pasado a ser nucleares en el hombre de hoy.

La era digital podía haber sido un avance cualitativo en la mejora de la humanidad, y en algún campo así ha sido y es; el problema es que los avances tecnológicos acaban siendo el fin, por los beneficios que reporta, o un medio para fines no deseables. Por ello, lo tecnológico nos define y somos el hombre digitalizado, en lugar del hombre de la era digital.