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El tiempo libre, ese que resta tras las obligaciones que cada individuo tiene asignadas por sus roles sociales, aunque a veces tremendamente escaso, ha dejado de ser propiamente “libre”.

Tal vez aun tengamos la percepción de que es una espacio en el que hacemos lo que nos apetece, que no está regulado y del que somos amos y señores. Pero, para decepción de muchos, hay que reconocer que conforme la sociedad ha ido aumentando su grado de institucionalización y éste ha sido asumido y financiado por el sistema capitalista, el ocio –el tiempo no dedicado al negocio, por tanto a las obligaciones- se ha convertido en una fuente creativa de productos de consumo que los individuos entusiasmados agradecen y parecen necesitar cada vez más; casi reclamando que se cubran sus necesidades de desconexión, sin que él tenga que hacer el mínimo esfuerzo por pensar cómo y, por supuesto, que se evite por todos los medios la posibilidad de que llegue a aburrirse y se tropiece consigo mismo.

El tiempo libre se valora mayoritariamente como un espacio de evasión de la realidad, de huida, no de creatividad o una oportunidad para desarrollar actividades alternativas al trabajo que puedan completar las preferencias de realización de los individuos. Queremos un tiempo alternativo, para soñar que tenemos una vida alternativa, aunque no se reduzca más que a una ficción consumida durante unos días. Porque la sociedad capitalista hábil preparar los menús más atrayentes para que los degustemos, anticipándose incluso a nuestros deseos, conocida la necesidad inmediata.

De esta forma, no hay tiempo menos libre que el que queda encorsetado entre espacios de trabajo intenso y días desbordantes, porque no nos quedan fuerzas para decidir lo que gustosamente dejamos que diseñen por nosotros. Y, a parte del trabajo que explota, el ocio empaquetado para llevar es una de la grandes industrias que sostiene el neocapitalismo. Como vemos todo tiene un por qué y un para qué.