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Hay entresijos mentales que culebrean sigilosamente sin poder apropiárnoslos. Devienen orificios negros que imponen su oscuridad como una sombra reverberante. Y en ese tránsito persecutorio en el que aspiramos a identificar las oquedades para iluminarlas, unas veces serpentean reproduciéndose vertiginosamente, otras logramos, a lo sumo adéntranos en el resquicio de alguna sombra y ver algo de luz.

Sea como sea, quien inicia la arqueología de su mundo interior dará con fósiles vivos –paradójicamente- grutas secretas y su vuelta no será la de Sócrates saliendo del exterior de la caverna, al haberse acercado más a la auténtica realidad, sino la del loco Zaratrusta habiendo descubierto en sus entrañas encarnado el principio del bien y del mal.