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Puede que sigamos por mucho tiempo divagando sobre si hay reto para el hombre, ya no postmoderno, sino mejor posthumano. Ese sujeto post nihilista –obsérvese la pérdida de nuestra señal de identidad, por eso solo somos post en referencia a- que resultó después de haber enterrado definidamente a Dios.

Y aunque tenga apariencia regresiva la cuestión no lo es en absoluto, si observamos, que el individualismo atribuido como eje central durante la postmodernidad, no ahonda en el tipo de humano con el que nos encontramos hoy, en Occidente, después de lidiar con utopías, ideologías, dioses y dar con todo al traste. Tal vez, hubo una primera reacción de lo postmoderno, contra el afán colectivista, de reivindicar el derecho del individuo a serlo, y eso fue aprovechado por el capital para potenciar un consumo hedonista y de culto al yo y al cuerpo. Pero, lo cierto, es que tras esa primera revuelta, y esa constatación de un vacío que permanecía, el hombre ha ido abandonando la insensibilidad de quien no tiene más que ego y ha ido extendiendo su necesidad hacia el otro.

Lo relevante es que es una necesidad ontológica, no meramente existencial. Si algún sentido tiene la vida en este mundo decadente, es ser con y para los otros, única vía que puede revertir la cadencia del deterioro. La Alteridad es condición de posibilidad de una existencia con sentido, y esta a su vez condición necesaria de una vida digna.