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Hay quienes se sienten reforzados en su autoestima escuchando como un susurro ese eslogan tan americano de “tú puedes”. Parece que se empoderan de sí mismos y se van sintiendo aptos para realizar aquello de lo que realmente eran capaces. Otros, al contrario, ya hacen lo que pueden y ese mantra opera como una exigencia imperativa que les exprime para hacer incluso lo que no pueden. Y lo hacen, ateniéndose tras ello a las consecuencias para su salud física y mental. Aún, hay quien, simplemente, no puede, porque podrá hacer otra cosa pero no precisamente esa para la que se le está continuamente presionando que haga.

Porque, un “Tú puedes” genérico, ¿significa que todos podemos hacerlo todo? cuestión que la experiencia invalida, o que ¿todos podemos hacer los mismo? Alternativa que también parece falsada por la experiencia. Entonces ¿a qué viene provocar situaciones de culpabilidad o impotencia? Es evidente que la singularidad y la diversidad son continuamente ignoradas por una sociedad que necesita que seamos homogéneos, para poder desarrollar su dominio con la menor resistencia posible. Así, se clasifica a los individuos en fracasados porque no pueden hacer, eso que se supone que todos deberíamos poder hacer-estudiar por ejemplo- en mediocres o gandules-los que lo hacen sin pena ni gloria, y los individuos de éxito por ser los primeros en hacer lo que se supone que todos podemos hacer.

Del lugar o del saco en el que caigamos, dependerá nuestro estatus social y nuestro poder adquisitivo. Por eso se entienden que haya muchos individuos que quieran poder, aunque en ello les vaya la vida, y a medida que entremos todos en esa carrera de poder ser y hacer lo que el sistema espera y necesita, más monocorde la armonía y más fácil acallar la discordancia.