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Somos el futuro de los que antaño, desarmados por un presente denigrante, izaban cantos y poemas de esperanza de un mundo mejor. Hoy, ya no creemos en devenires antagónicos que calmen la desazón en la que estamos hundidos.

Y esta, nuestra escéptica actitud no es gratuita. Solo cabe preguntarse ¿cómo de una naturaleza en la que habiendo la posibilidad del bien y del mal, siempre se ha derivado el bien de la minoría y el mal de la mayoría?

Sospecho que nuestra balanza interna padece un desequilibrio natural que no admitimos. Esa negación, de lo que somos, nos lleva a externalizar el mal como algo ajeno que puede poseernos, al margen casi de nuestra voluntad, y a considerar el bien como la naturaleza propia que se ve zarandeada por esa fuerzas demoniacas. ¡Y qué a gusto nos quedamos!

El tiempo nos juzga, porque inexorablemente todo tiene lugar, lo que será ya es, y no como utopía sino como una realidad que volverá a falsar la ingenua esperanza de ese ser, que no quiere reconocerse siendo.