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Hace unos días tuve una experiencia impensable: asistir al apareamiento humano en un bar de “chinos” –como se les conoce popularmente- en una de esas zonas lúgubres y semi-oscuras que la mayoría de estos establecimientos poseen, tal vez para encubrir la falta de higiene que los caracteriza. Cuando alerté a la propietaria su negación delos hechos me hizo sospechar que aquello era algo más que un subidón de un par de tortolitos. Más bien parecía una práctica comercial habitual de lo más cutre que he visto en mi vida. Discretos poco, ya que los sofás están situados en el pasillo que da acceso al lavabo. Un local público, con terraza en la calle, donde podías haber accedido tranquilamente con tu pequeño a los servicios.

Debe ser políticamente incorrecto elevar un juicio a toda una comunidad étnica que ha conseguido apoderarse de las cafeterías y bares de muchos de los barrios de Barcelona y alrededores. Pero menos correcto es que las autoridades no los sometan a rigurosas inspecciones sanitarias –estamos consumiendo bebidas y alimentos en un entorno sucio- y normativas que deben reunir locales que ofrecen servicios como cafeterías y bares. Hay que acoger, de acuerdo, pero no permitir que denigren un tipo de establecimientos que en nuestro país forman parte de nuestro estar en los barrios.