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Hay quien parece acopiar desgracias severas: por azar, sin voluntad ni intervención alguna, deviene un repudiado, aislado, eludido, apartado que deambula con conciencia, o sin ella, por ese patíbulo arbitrario.

La conciencia le aportaría un sufrir inconsolable, la inconsciencia un sinsentido paralelo que le induciría a musitar incesantemente: ¿por qué?