Etiquetas

, ,

Vivimos una época doliente. En duelo perpetuo por la pérdida de un horizonte creíble, cuya legitimidad se base en el respeto de la vida humana, en toda su extensión, de una vida digna de humanos –aunque sea algo complejo el consenso al respecto- Esta ausencia, que fagocita voluntades y gestos en pro de la banalidad, aplana el tránsito de los espíritus egocéntricos para su provecho, imponiendo relatos falaces que contentan, pero no suplen el vacío, creando la gran confusión.

Y bajo la gran confusión nos sumamos a movimientos que parecen liberadores y antisistema, ya que nos sentimos libres y contestatarios, sin apercibirnos de que la estrategia de los espíritus dominantes es la diversidad enfrentada –ya se ocupan de eso-  para filtrarse por las grietas del tejido social y esparcir sus herramientas de manipulación en beneficio del único horizonte real que resta: el consumismo neocapitalista.

Así distraen a una sociedad en la que se habla más de los derechos del colectivo LGTB que de la pobreza y de la exclusión social, del acoso escolar –que es intolerable- que del tráfico de personas para la prostitución, del fútbol, el básquet,  la fórmula 1 y las motos que del problema del paro y la dificultad insalvable que supone la actual reforma laboral.

Y, aterrando en cuestiones más sustanciales, aunque no más urgentes, le arrebatan a la vida el problema del sentido, como si vivir consistiera en debatirse con las patrañas que nos embotan cotidianamente en esta jaula de grillos generada ah hoc.

Vivimos en una época doliente. De luto y llena de dolor, por la pérdida de vidas y del sentido de toda vida.