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Quisiera ser honesta y poder escribir un cuento de hadas para Amaia e Isaac –mis menudos sobrinos/nietos- pero sería preciso para compatibilizar ambas cosas contener un ápice de esperanza veraz, en que los humanos de buena voluntad acaban recibiendo lo que merecen, al igual que los que actúan con mala intención obtienen lo propio. Y siendo sincera ya no queda en mí rastro de esa convicción.

Será que los cuentos de hadas exigen ser reformulados, también en su nomenclatura.  Porque no existen hadas buenas que con varitas mágicas transformen la realidad en lo que creemos que debería ser moralmente; quizás porque ni tan solo llegaríamos a un consenso sobre el deber ser de las cosas. Así, los cuentos los haré versar sobre los hombres, “Cuentos de humanos enanitos” y serán ejemplos de cómo se puede vivir, hagan lo que hagan los otros, en coherencia con lo que uno considera irrenunciable. Claro que las narraciones consistirán también en la elucubración, por parte de esos personajes enanos humanos, tiernamente humanos, sobre qué es irrenunciable y cuántas cosas lo son realmente. Todo un viaje por bosques y desiertos, por ciudades a través de los que desearía que mis queridos Isaac y Amaia pudieran rastrear, cuando les haya llegando el momento, cuáles son sus irrenunciables, siempre desde cuentos realistas que les concedan el honor de tratarlos como niños con capacidad de entender, no como lelos.